La mezcla de expectativa e incertidumbre fue el clima dominante desde el mismo momento en que Cristian “Pity” Álvarez anunció su regreso a los escenarios para el 20 de diciembre en el estadio Mario Alberto Kempes de la ciudad de Córdoba. El recuerdo todavía fresco del show frustrado en Tucumán hace más de siete años, sumado a los procesos legales que el músico aún atraviesa, hicieron que cada novedad se viviera con cautela, pero también con una fe inquebrantable por parte de su público.
En las semanas previas, Pity comenzó a reaparecer de a poco. Primero como invitado de la banda Do Neurona en Café Berlín (Buenos Aires), donde el 26 de noviembre interpretó “Una piba como vos”, y luego a través de diversos videos en redes sociales que mostraban fragmentos de ensayos y declaraciones en las que dejaba en claro que esta vez el regreso sería real, sólido y a gran escala. Musical, performático y técnicamente, todo parecía estar pensado para ofrecer el espectáculo que su gente venía esperando desde hacía años.
El día del recital, desde temprano, los alrededores del estadio se poblaron de fanáticos llegados desde distintos puntos del país. Puestos de merchandising no oficial, bebidas, comidas y banderas improvisadas construían una atmósfera de fiesta pagana, de culto colectivo al rey sin corona del rock argentino. La organización fue precisa: canje de entradas desde las 15, apertura de puertas a las 18, y a las 19:30 la banda Los Mentidores, proyecto liderado por el productor del show José Palazzo, calentó el ambiente para lo que vendría.
Pasadas las 21, las pantallas gigantes anunciaron: “Pity arranca puntual 21:20”. Y así fue. Ante unas 40 mil personas, Cristian Álvarez ingresó al escenario junto a su nueva banda —integrada por ex miembros de Viejas Locas e Intoxicados, sumados a nuevos músicos— para abrir el show, tras una breve intro, con “Intoxicado”. Desde ese momento quedó claro que no se trataba de una aparición improvisada, sino de un concierto cuidadosamente armado.
A lo largo de la noche, Pity dialogó constantemente con el público. Agradeció, reflexionó sobre el significado del rock, habló de la libertad, de no ser juzgados por nadie más que por nosotros mismos, y dejó frases que fueron celebradas y aplaudidas por un estadio entero dispuesto a escuchar cada palabra."Me tengo que hacer cargo de las cosas que hice”,
El primer set, de 18 canciones, se cerró con “Las cosas”. Tras un breve intervalo, el regreso fue con “Una vela”, dando inicio a un tramo final demoledor. Como los dedos de una mano, cinco canciones golpearon de lleno: “Está saliendo el sol”, “Fuego”, “Nunca quise”, “Lo artesanal” y “Perra”, antes del clásico bis. En la pausa previa a la vuelta, las pantallas jugaron con una kiss cam, sumando distensión y complicidad, antes de encarar el cierre con “Quieren rock” y “Una piba”.
El resultado fue un setlist de 33 canciones en casi tres horas de espectáculo, que recorrió todos los grandes himnos de Viejas Locas e Intoxicados y presentó además temas nuevos que, según el propio Álvarez, fueron “un regalo para quienes lo estuvimos esperando”.
El despliegue técnico acompañó a la altura del acontecimiento: luces, fuego, dos pantallas gigantes laterales con distintos planos del show y dos pantallas circulares que alternaban primeros planos de Pity con visuales especialmente diseñadas para cada canción.
No faltó nada. Lo que se vivió en Córdoba fue el resurgir de un artista y un encuentro genuino con su público, basado en un ida y vuelta de afecto, lealtad y memoria compartida. Tal como decían las remeras oficiales, fue una noche “basada en hechos reales”, donde “cualquier parecido con Pity Álvarez es pura coincidencia”. Y aunque él mismo admitió entre risas que “se colgó un poquito”, nada quedó librado al azar.
Este rey pagano, sin corona pero con un trono construido a fuerza de canciones, dejó su mejor regalo. Solo queda decir: gracias Pity, gracias a la música, y por favor cuidate… cuidanos también, que te extrañábamos.
Crónica de Martin Buschiazzo para @vinilifico



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